Los engaños económicos abundan y suelen ganar aceptación pública. Parte del problema surge cuando el análisis económico privilegia el aspecto técnico y cuantitativo por encima de la comprensión de los conceptos que pretende medir.
Medir puede ser
útil, pero una medida deja de orientar correctamente cuando se la transforma en
objetivo. En economía, este riesgo es especialmente importante porque ciertos
indicadores terminan sustituyendo al fenómeno real que buscan representar.
La inflación y el
crecimiento económico son ejemplos claros. Ambos son conceptos reales, pero las
estadísticas usadas para aproximarlos —como el IPC y el PBI— son imperfectas.
Cuando se confunde el indicador con el concepto, la interpretación económica se
deteriora.
Del
mismo modo, el crecimiento económico no equivale necesariamente al aumento del
PBI. El crecimiento real implica mayor capacidad productiva y mejor
satisfacción de las necesidades de los consumidores. Si el gasto público eleva
el PBI sin aumentar esa capacidad, la estadística puede sugerir crecimiento
aunque la economía no sea más productiva.
El
problema aparece cuando se interpretan las métricas como si fueran la realidad
completa. Entonces se concluye, por ejemplo, que controlar precios combate la
inflación o que gastar más siempre genera crecimiento. En ambos casos, la
atención se desplaza desde el fenómeno económico hacia el número que lo
representa.
Los
indicadores pueden aportar información parcial, pero no reemplazan el análisis
conceptual. Si se los usa sin comprender sus límites, dejan de aclarar la
realidad y empiezan a producir confusión.
En
síntesis, la economía necesita mediciones, pero también necesita distinguir
entre los conceptos y sus aproximaciones estadísticas. Cuando esa distinción se
pierde, los indicadores dejan de corregir engaños y pueden convertirse en una
fuente de analfabetismo económico.
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